lunes, 7 de septiembre de 2009

Parque Nacional Tayrona (Parte III)



Hoy hace un mes que estuve con mi grupo de amigos en el Parque Nacional Tayrona.
Les aseguro que los recuerdos y las sensaciones siguen intactas…

Aceleré un poco el paso, dejando atrás a Caramelo… fue entonces cuando dejé de mirar hacia el suelo, con hormigas grandes y rojas, y empecé a mirar hacia el techo y paredes forradas de hojas que me rodeaban.

Me impresionaba el tamaño de los árboles, sus formas. Largos tallos, ramas extendidas, hojas grandes, medianas, pequeñas; ¿cuántos años podrían tener estos árboles? ¿cuántas lluvias los habrán bañado? ¿quiénes habrían sido los primeros en caminar sobre el camino ahora transitable por el cual yo ando? ¿dónde están los titís?!!!!
Shhhh!! Escucha… solo escucha…

Así callé todas las preguntas que estaban en mi mente, para dedicarme a disfrutar de la tranquilidad que habìa en lo que sí estaba viendo. Toda esa ansiedad contenida y me quedaban tres días completitos. Ya habría tiempo para preguntar, sentir, y ver todo lo que quisiera.

A medida que caminábamos, había cada determinado tramo, una señalización de madera que indicaba el porcentaje de camino recorrido.
40%..............................60%............................... Llegamos a “El Paraíso”.
Me pareció ver una tira de imágenes en mi cabeza. Tantas fotos que había visto de mis amigos en ese lugar.

Más adelante, después del campamento me encontré con la, para mí, famosa playa arrecife, en donde “la ola revienta en la orilla”. Entendí entonces por qué mis amigos no me dejarían meterme a surfear ahí, y me reí para mis adentros, tal como lo hago ahora. Pura risita de nervios.

No aguanté las ganas y después de un par de fotos me quité short, blusa, tenis, y salí corriendo a meterme en la orillita. En la orillita “donde revienta la ola”, recuerdo que pensé otra vez. Es que realmente no quise imaginar lo que se siente un golpe de esa ola contra el suelo.

El agua fría fue aclimatando mi piel. Tenía la cara tan enrojecida como cuando juego un partido de fútbol. El vestido de baño me quedó lleno de arena; una arena gruesa, más gruesa que el azúcar morena. Qué incomodidad pensé un segundo, pero al segundo siguiente lo olvidé.

Me había metido un poquito en arrecife. Eso ya hacía que todo valiera la pena.

La ola de arrecife es una masa que atrapa tu atención cuando viene; golpea despiadada contra el suelo y parece que succionara lo que a su paso encuentra, así que no se puede ser confiado. De hecho no solo no se puede ser confiado, se tienen que tener agallas para entrar en esa corriente.

No entendí hacia donde iba esa corriente, pero entendí clarito que no venía de vuelta hacía la orilla. Tal vez resulte fácil entrar, pero intenté imaginarme esa remada para salir, luego de estár cansada de nadar durante una hora mínimo, y hmm… la conclusión que aún saco es que admiro a mis amigos ahora aún más que antes, definitivamente.

Luego de la parada refrescante, aún nos faltaba camino por recorrer. Me colgué de nuevo el morral en la espalda, arrancamos. - No sé cómo se aguantan y no se remojan un poco también – Pensé, pero no hice comentario alguno.

Ya eran como las 4pm. Nos encontramos con una subida de piedras, de esas piedras que no se olvidan de Tayrona, piedras que uno no se explica cómo llegaron hasta ahí. Mallo dijo que se había mareado un poco, pero no quería parar. No habíamos comido bien en todo el día, seguramente le faltaba algo al estómago y esa fuera la razón del mareo. Tal vez deshidratación.

Paramos en unas piedras, y optamos por suplir la segunda teoría, porque no teníamos nada a la mano para la primera. Mojamos un poco las gargantas, y seguimos el camino.
En algunos momentos del camino se escuchaba el mar; en otros el oleaje cesaba. Apareció otra señal. Esta decía que llevábamos 80% alcanzado. Al momentito encontramos otra que decía 90%. Por supuesto las sonrisas, las risas, y los ojos todos brillaban de alivio.

Al llegar a “Cabo San Juan”, mi primera imagen fue hacia mi derecha un kiosco, y a mi izquierda las palmeras más altas que he visto, y unas 50 carpas a sus pies.
Paso siguiente: Registrarnos. Había una casilla en donde poníamos nuestra nacionalidad. Eché un vistazo hacia arriba, quería saber de dónde eran algunos de mis nuevos vecinos. España. Alemania. EU. Inglaterra. Italia.

No podía creer que tanta gente viniera de tan lejos a conocer el parque, me sentí orgullosa, aunque para mí que vivo a un ladito, fuera la primera vez en pisarlo.

Nos apresuramos en sacar las carpas. En el piso habían curiosos caminitos como de pasto. Parecían culebritas. No tardamos en enterarnos que la noche anterior había llovido, y que esos caminitos se formaban como límites de la piscina que había sido esa zona donde ahora pensábamos acampar.

Dudamos por un momento. En mi cabeza estaba la imagen que había soñado. Despertar por la mañana, abrir la corredera de la carpa, y ver ese mar azul turquesa.
“Quedémonos aquí, si llueve miramos a ver que hacemos!”, no tardé en proponer.
Estuvieron de acuerdo y empezamos a ubicar las carpas. Nos reímos un rato adivinando cómo iban algunas partes, pero finalmente quedaron bien templadas.

Al momentito llegó un gato a hacernos visita. Un gato grande y consentido que no que se veía para nada desnutrido. Estoy segura de que era el mismo gatito bebé al que mi Maddy y Lipe no pudieron negar bocado meses atrás cuando hicieron ese trip. Ese mismo que había visto por la mañana en sus fotos, que seguramente enamoraba a los visitantes con su actitud confiada y tierna. Pura manipulación, pero al fin y al cabo le funcionaba, y nosotros no nos resistimos tampoco.

...

(Parte III)






2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. Me he divertido leyendo tus historias. Gracias por publicarlas, esperaré con ansias el próximo lunes. Son muchas cosas las que quisiera escribir de cada una de ellas, pero no quiero exagerar este espacio de comentarios. De todas formas sólo tengo algo que decir: En todos los viajes que he hecho a Arrecife nunca vi a nadie con algo parecido a una planta eléctrica ¿Para qué llevar algo como eso (y pá remate gasolina) a un lugar que es precisamente la antítesis de todo lo que representa la ciudad? Lo siento tenía que descargar esto.

    ResponderEliminar