lunes, 10 de agosto de 2009

Alimentando el alma

Hoy es 10 de Agosto, mi blog cumple una semana de estar abierto a todos aquellos que tengan la disponibilidad de entrar a internet, y sobre todo para todos aquellos que disfruten al igual que yo, de “El mar… la brisa... las olas”.

Semana tras semana me encontraré aquí, dispuesta a revelar un poco más acerca de mi vida, de ciertas experiencias que alimentan mi alma más que a mi mente, y espero que disfruten imaginando momento a momento, tanto como yo viviéndolos.

Retomando la última línea de la primera entrada de este blog, me permitiré explicar con mayor detalle por qué Cartagena está grabado en mí ser, y les adelanto que así podré la próxima semana relatarles la aventura que viví desde el día que como colombianos celebramos la Batalla de Boyacá, hasta el séptimo día de esa misma semana.

Suena como si hubiera sido mucho tiempo cierto?... bueno, sólo fueron dos noches y tres días; del 7 al 9 de agosto, pero eso me bastó para enamorarme de otro rincón mágico que tiene nuestro país.

En el 2006, después de haberme graduado del Colegio Montessori de Cartagena, tuve un año de transición que cambió por completo mi vida. No empecé la universidad porque mi mamá opinaba que aún no estaba preparada. A eso le añadimos que yo no iba a vivir en Cartagena, por lo tanto creo que a eso se refería, seguramente acabando de salir del colegio, no estaría del todo preparada para enfrentar las responsabilidades que consigo trae la independencia.

Esa transición duró un año, y durante este hice tantas cosas y conocí a tantas personas que hoy por hoy son primordiales en mi vida, que parece que hubieran pasado por lo menos dos años, en vez de uno.

Empecé el año 2006 con un curso de inglés en el Colombo Americano, en pleno centro histórico de Cartagena, rodeada de casas coloniales, y encontrándome con el sol brillante y caliente de las doce del medio día cuando salía de mi clase.

Iba por la mañana al colombo, y por la tarde y la noche trabajaba con mi mamá en una red de mercadeo, y estábamos permanentemente en capacitaciones y reuniones con gente adulta, lo cual me brindó muchas herramientas de apoyo para la carrera que soñaba desarrollar, y forjó un temperamento en mí probablemente más centrado que el de un adolescente promedio de 17 años.

A mediados del mismo año, fui a un campamento de verano, Portonaito CAMP, que actualmente se llama Piragua CAMP, la sede queda en la isla de Barú, Cartagena, y fue esta experiencia la que me marcó de tal manera que desde entonces no me he separado del mar.

En Portonaito (Piragua CAMP), practiqué por primera vez deportes acuáticos como el ski y el buceo, el descenso de árboles y rocas, conocido como rapel; salí en expediciones en kayaks; me enseñaron a cocinar pez al horno de arena; también navegué por primera vez en un velero, un trimarán imponente lleno de adolescentes de edades entre los 15 y los 17 años. Montada en él aprendí que en Barú en medio de la oscuridad de la noche siempre habrán luces hacia donde se mire, porque en el cielo copado de estrellas, se veían también estrellas fugaces, y si miraba hacia el suelo que cubre el 70% de nuestra tierra, me encantaba con el planton luminoso que se encendía con el simple movimiento de un pez, como si este dejara una especie polvo mágico tras su paso. Fue también en este lugar de oportunidades en el cual tuve a mi libre albedrío una tabla de surf, que me causó una decepción “al no dejarse maniobrar por mí”.
Esa tabla dejó su huella en mí, y al volver a Cartagena, después de 14 días de intensas sensaciones y emociones, con la espinita de la curiosidad clavada en mi interior, me decidí a probar suerte de nuevo con el surf, deporte que también me abrió las puertas de un lugar en donde la gente habla un mismo idioma, y me lo impregnaron en mi mente, en mi piel, y es el idioma del mar.

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