lunes, 17 de agosto de 2009

Una espera que no termina

Las promesas son deudas, y la aventura que viví el fin de semana pasado lo es, y la publicaré el próximo lunes, cuando esté completa. Seguramente la pregunta en sus mentes es, ¿cómo así que la mostrará? y no me he equivocado. Puedo asegurar que valdrá la pena la espera.
Esta noche contaré un poco sobre una experiencia que me robó lágrimas, en un lugar en donde se cruzan cientos de vidas diariamente, que en ocasiones pueden compartir los mismos sueños, pero al que se va pensando únicamente en el propio.
En vacaciones de Diciembre del 2007, pedí turno en la Embajada Americana para solicitar la visa. La llamada la sentí eterna, sin embargo estaba emocionada.
A eso de las 8 de la mañana del 12 de Diciembre, tres días antes de mi cita, me senté en el comedor de mi casa a revisar con calma los papeles que había preparado. Mi maleta estaba lista en la puerta para salir rumbo a la terminal de trasportes, y mi mamá me encimó dos bolsas más…
– Si no te quieres privar del frío y del hambre en el camino, cuida esas dos bolsas más que a tu maleta (coma) mi amor –
Sin abrir las bolsas salí de la casa con mi mamá y nos montamos en un Metrocar, un bus grande y largo con aire acondicionado, que nos hizo menos larga la hora de camino, porque como típica mañana cartagenera, hacía un calor terrible.
Llegamos a la terminal a las 11 de la mañana, tan solo 20 minutos después yo estaba acomodada en el bus y mi mamá se había devuelto a la casa, pero el bus estuvo parqueado hasta las 12:30 del día.
Fueron 24 horas de viaje exactamente, así que cuando me bajé del bus sentí que hacía más frío dentro de él, que afuera en pleno medio día bogotano.
Me recibió mi papá, no nos veíamos desde hacía 8 meses atrás, quería que hiciéramos de todo, pero estaba muy cansada, así que almorzamos y dormí el resto del día.
El lunes a las 6 de la mañana estuve afuera de la embajada haciendo la fila. Entré a las 8am y salí a las 2pm. Mi papá llegó por mí, me encontró llorando, le pedí que me llevara de una vez a la terminal.
Veinte horas más de camino de regreso, en donde lo único que pensaba era que me habían negado la visa.

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