lunes, 31 de agosto de 2009


El siguiente paso, era llegar al punto de inicio de la caminata.
Allí hay un kiosco grande en donde venden bebidas refrescantes. El jugo de naranja es su especialidad, aunque a veces está rancio.

Por lo que me han contado, cuando se está de regreso, tomarse ese jugo es delicioso, aunque no esté frío, y esté rancio, refresca, así que da igual. Yo llevaba mi gatorade rojo en la mano, así que por lo menos de ida no me dieron ganas, ni necesité probarlo.

Además del kiosco, en ese punto de partida también hay una especie de pesebrera.
Me pareció extraño que hubiera una porque me imaginaba que el que quisiera montar a caballo lo haría en la playa, sin embargo, el propósito para el que esos caballos estén ahí, no es para diversión de los visitantes, sino para trabajo.

Estos animales, que soportan pesos considerables, son los que transportan el equipaje de aquellos visitantes que traigan mucho, o quieran cargar lo menos posible durante la caminata hasta la zona de acampar. Es por esto último, que además de caballos, hay burros, que aunque son más bajitos que los primeros, son animales idóneos para ese trabajo.

Me sentí casi viviendo la época en la que no existían los carros; ni la rueda misma.
Así fue como empecé a desconectarme del camino que dejaba atrás. Con cada paso que daba sentía que me adentraba más aún en la espesura de la magia de mi destino.

La pesebrera es de cemento. Tiene compartimientos para cada caballo, y un techo como de choza, como de kiosco. Alrededor del aposento de los caballos, además de caballos y burros hay por lo menos 15 hombres, dueños de cada uno de los ejemplares.

También hay niños, supongo que hijos de los mismos, pero hubo alguien entre todos los presentes, que captó toda mi atención por su carácter.

Llevaba puesto unas botas color caramelo, como el de su caballo, de esas que tienen suela gruesa de goma; jean azul claro, desgastado, sucio de arena, con algunos rotos que no parecían de fábrica; una camisa de cuadros blancos y rojos, desencajada, arrugada, y desgastada más por el sol que por la lavada… al menos eso me imaginé.

Su cabello negro oscuro, revuelto y a medio recoger, con la tez blanca, el ceño fruncido, y un acento del interior del cual no pude identifiqué origen. Empezó a meter maletines en los costales que utiliza acomodar las cosas en el lomo de su preciado Caramelo, al ver que ninguno de los hombres la ayudaba, les lanzó una mirada y dijo sin importarle en lo más mínimo quién la escuchase: “Barranquilleros tenían que ser”.

Así es la Sra. Esther. Irreverente, “pensamiento hablado”, como se dice coloquialmente, pero no me malentiendan, no es en un mal modo, sino que así es ella, frentera, fresca y directa, por el medio en el que se mueve, en el que ella es la única mujer.

Cuando al fin los hombres de nuestro grupo, asumieron su papel, y la ayudaron a cargar los dos costales sobre el caballo, empezamos a caminar.

La humedad era impresionante. No se asemejaba siquiera a la de Cartagena o Barranquilla. Era una humedad oxigenada, es por lo menos lo que se me ocurre para describir la sensación, pero a pesar de todo ese aire puro que nos llegaba de la selva, el sol implacable caía sobre nosotros mientras estuvimos en el punto de partida, y mientras nos adentrábamos apenas, al camino, entonces la paciencia no era nuestro fuerte en ese momento.

Para desafiar un poco más esa virtud, la gasolina que había dentro de una planta eléctrica que llevábamos, se empezó a regar sobre el caballo. Esto colmó la paciencia de la señora Esther, y por supuesto creo tensión en nuestro ambiente también.
Empecé a pensar en el buen ambiente que se había logrado durante el camino, este empezaba a verse resquebrajado.

Tocó repartir nuestras pertenencias entre Caramelo, el caballo, y un burrito. Aún así, los de mi grupo llevaban sus cosas a cuestas, de hecho yo llevaba mi morral en la espalda también, y por otro lado ciertos personajes del otro mini grupo, iban más bien ligeros de equipaje.
Cuando todo estuvo listo, realmente listo debo decir, arrancamos a caminar.

Al principio, durante un trecho larguito, yo llevaba la rienda de Caramelo. Al rato la Sra. Ester me dijo que no me preocupara, que él ya se sabía el camino.
Y cómo no? Haciendo hasta cuatro viajes diarios. Cuanta ingenuidad la mía...
(Parte 2)


lunes, 24 de agosto de 2009

Hace un par de semanas atrás, estando en la universidad en clase de Periodismo Digital, el profesor nos planteó una propuesta: “Incluyan alguna herramienta nueva a su blog, aparte del texto; hagan una foto crónica, por ejemplo.” Fuimos muchos los que quedamos sin aliento al primer instante, y es que es la reacción típica que nos fluye cuando nos enfrentamos a algo desconocido, sin embargo la idea me llamó mucho la atención porque acababa de llegar de mi primera experiencia en el Parque Nacional Tayrona, y las sensaciones e imágenes que tenía en mi mente, de haber sido posible, se me hubieran salido por los poros!

Fue el viernes 7 de Agosto, el día que se celebra en Colombia la Batalla de Boyacá, cuando empezó esta travesía. Mi prima y yo nos despertamos a las 5 de la mañana, y fue más o menos a las 6:30am cuando estuvimos los seis que nos apuntamos para emprender este camino. Mientras llegaba el transporte a buscarnos, yo seguía mirando las fotos que Maddy, mi amiga, había tomado meses atrás cuando fue a acampar a Tayrona, y la ansiedad por conocer todos los lugares, piedras y animales que ella había fotografiado, me consumía.

A las siete y media de la mañana llegó el transporte con el otro grupo, y en la cara de todos se veían las ganas por llegar al paradisiaco lugar. Empezaron preguntas como: “Quién va por primera vez?” … y a partir de esta, comentarios como: “ojalá esta fuera mi primera vez, para vivir cada sensación de nuevo”, por parte de los que ya habían visitado antes. Recién embarcados en la van, algunos hablaban y se reían de todo, los que no, escuchaban atentos y también se reían de cada comentario, así que el paseo empezó con pie derecho, había buen ambiente entre los dos grupos. Luego de un trayecto considerable, las risas, y la bulla se silenciaron con un sueño profundo, y ronquidos menores en ciertos casos.

Cuando llegamos a Santa Marta, a algunos les faltaba comprar comida y ciertas cosas, entonces decidimos parar en el Buena Vista, un centro comercial samario. Esa pausa fue prolongada, y para nuestro mini grupo innecesaria, puesto que nosotros habíamos hecho las compras con antelación, sin embargo como parte de un grupo más grande, no nos opusimos en ningún momento.

El clima se sentía húmedo, habían muchas nubes, y de hecho estas se veían cargadas, por esta razón no pudimos evitar pensar que tendríamos una primera noche bajo la lluvia, lo cual no era muy alentador, sin embargo nada podría “aguarnos” la fiesta.

Al llegar a la entrada del parque, había una fila de carros hasta la carretera, pero el sol se veía brillante, así que sin pensarlo dos veces nos bajamos de la van a esperar que se despejara un poco la cola. Encontramos una sombrita que parecía oxigenada por la selva que tenía a un lado, se respiraba diferente, y se sentía fresco el ambiente.

Poco a poco la fila fue desapareciendo y nuestro turno llegó. Fue emocionante recibir mi manilla, paso a paso que cumplíamos me sentía más cerca de la belleza de lugar del que tanto había escuchado hablar.

(Parte I)


lunes, 17 de agosto de 2009

Una espera que no termina

Las promesas son deudas, y la aventura que viví el fin de semana pasado lo es, y la publicaré el próximo lunes, cuando esté completa. Seguramente la pregunta en sus mentes es, ¿cómo así que la mostrará? y no me he equivocado. Puedo asegurar que valdrá la pena la espera.
Esta noche contaré un poco sobre una experiencia que me robó lágrimas, en un lugar en donde se cruzan cientos de vidas diariamente, que en ocasiones pueden compartir los mismos sueños, pero al que se va pensando únicamente en el propio.
En vacaciones de Diciembre del 2007, pedí turno en la Embajada Americana para solicitar la visa. La llamada la sentí eterna, sin embargo estaba emocionada.
A eso de las 8 de la mañana del 12 de Diciembre, tres días antes de mi cita, me senté en el comedor de mi casa a revisar con calma los papeles que había preparado. Mi maleta estaba lista en la puerta para salir rumbo a la terminal de trasportes, y mi mamá me encimó dos bolsas más…
– Si no te quieres privar del frío y del hambre en el camino, cuida esas dos bolsas más que a tu maleta (coma) mi amor –
Sin abrir las bolsas salí de la casa con mi mamá y nos montamos en un Metrocar, un bus grande y largo con aire acondicionado, que nos hizo menos larga la hora de camino, porque como típica mañana cartagenera, hacía un calor terrible.
Llegamos a la terminal a las 11 de la mañana, tan solo 20 minutos después yo estaba acomodada en el bus y mi mamá se había devuelto a la casa, pero el bus estuvo parqueado hasta las 12:30 del día.
Fueron 24 horas de viaje exactamente, así que cuando me bajé del bus sentí que hacía más frío dentro de él, que afuera en pleno medio día bogotano.
Me recibió mi papá, no nos veíamos desde hacía 8 meses atrás, quería que hiciéramos de todo, pero estaba muy cansada, así que almorzamos y dormí el resto del día.
El lunes a las 6 de la mañana estuve afuera de la embajada haciendo la fila. Entré a las 8am y salí a las 2pm. Mi papá llegó por mí, me encontró llorando, le pedí que me llevara de una vez a la terminal.
Veinte horas más de camino de regreso, en donde lo único que pensaba era que me habían negado la visa.

lunes, 10 de agosto de 2009

Alimentando el alma

Hoy es 10 de Agosto, mi blog cumple una semana de estar abierto a todos aquellos que tengan la disponibilidad de entrar a internet, y sobre todo para todos aquellos que disfruten al igual que yo, de “El mar… la brisa... las olas”.

Semana tras semana me encontraré aquí, dispuesta a revelar un poco más acerca de mi vida, de ciertas experiencias que alimentan mi alma más que a mi mente, y espero que disfruten imaginando momento a momento, tanto como yo viviéndolos.

Retomando la última línea de la primera entrada de este blog, me permitiré explicar con mayor detalle por qué Cartagena está grabado en mí ser, y les adelanto que así podré la próxima semana relatarles la aventura que viví desde el día que como colombianos celebramos la Batalla de Boyacá, hasta el séptimo día de esa misma semana.

Suena como si hubiera sido mucho tiempo cierto?... bueno, sólo fueron dos noches y tres días; del 7 al 9 de agosto, pero eso me bastó para enamorarme de otro rincón mágico que tiene nuestro país.

En el 2006, después de haberme graduado del Colegio Montessori de Cartagena, tuve un año de transición que cambió por completo mi vida. No empecé la universidad porque mi mamá opinaba que aún no estaba preparada. A eso le añadimos que yo no iba a vivir en Cartagena, por lo tanto creo que a eso se refería, seguramente acabando de salir del colegio, no estaría del todo preparada para enfrentar las responsabilidades que consigo trae la independencia.

Esa transición duró un año, y durante este hice tantas cosas y conocí a tantas personas que hoy por hoy son primordiales en mi vida, que parece que hubieran pasado por lo menos dos años, en vez de uno.

Empecé el año 2006 con un curso de inglés en el Colombo Americano, en pleno centro histórico de Cartagena, rodeada de casas coloniales, y encontrándome con el sol brillante y caliente de las doce del medio día cuando salía de mi clase.

Iba por la mañana al colombo, y por la tarde y la noche trabajaba con mi mamá en una red de mercadeo, y estábamos permanentemente en capacitaciones y reuniones con gente adulta, lo cual me brindó muchas herramientas de apoyo para la carrera que soñaba desarrollar, y forjó un temperamento en mí probablemente más centrado que el de un adolescente promedio de 17 años.

A mediados del mismo año, fui a un campamento de verano, Portonaito CAMP, que actualmente se llama Piragua CAMP, la sede queda en la isla de Barú, Cartagena, y fue esta experiencia la que me marcó de tal manera que desde entonces no me he separado del mar.

En Portonaito (Piragua CAMP), practiqué por primera vez deportes acuáticos como el ski y el buceo, el descenso de árboles y rocas, conocido como rapel; salí en expediciones en kayaks; me enseñaron a cocinar pez al horno de arena; también navegué por primera vez en un velero, un trimarán imponente lleno de adolescentes de edades entre los 15 y los 17 años. Montada en él aprendí que en Barú en medio de la oscuridad de la noche siempre habrán luces hacia donde se mire, porque en el cielo copado de estrellas, se veían también estrellas fugaces, y si miraba hacia el suelo que cubre el 70% de nuestra tierra, me encantaba con el planton luminoso que se encendía con el simple movimiento de un pez, como si este dejara una especie polvo mágico tras su paso. Fue también en este lugar de oportunidades en el cual tuve a mi libre albedrío una tabla de surf, que me causó una decepción “al no dejarse maniobrar por mí”.
Esa tabla dejó su huella en mí, y al volver a Cartagena, después de 14 días de intensas sensaciones y emociones, con la espinita de la curiosidad clavada en mi interior, me decidí a probar suerte de nuevo con el surf, deporte que también me abrió las puertas de un lugar en donde la gente habla un mismo idioma, y me lo impregnaron en mi mente, en mi piel, y es el idioma del mar.

lunes, 3 de agosto de 2009

A los 20 años cualquiera sabe de dónde es, y en la mayoría de los casos, cuál es el origen de su familia, cierto?
En todo caso, si esto hace parte de la generalidad, entonces no me considero del común.
Nací en Barranquilla, Atlántico, y viví allí mis cinco primeros años.
Tengo varios recuerdos de esos años, unos más claros que otros, pero están en mi memoria desde entonces. Me acuerdo de mi salón de clases en mi primer jardín infantil, eran amarillas las paredes, y en ellas estaban pegados nuestros trabajos, algunos con lana, otros con escarcha, también con fríjoles. Si algo me quedó de mi experiencia en el jardín, es que todo sirve para decorar, es cuestión de imaginación.
También recuerdo los dos primeros edificios en los que viví. En el primero, vivíamos en el segundo piso. Era un apto de tres alcobas, el de mis papás, el de Chia mi hermana mayor, que tenía un cubre lecho de un color rosado de quinceañera, y el otro cuarto que era el que compartía con mi otra hermana, Marijose, las dos menores de la casa.
Hasta donde recuerdo nuestras camas siempre tenían bolsas negras de basura debajo de las sábanas, mi mamá las utilizaba como impermeables. De ese edifico recuerdo a Nelly, una vecina, tenía tres hijos, los tres eran mayores que yo, Silva, Pipe y David, creo que por eso no me dejaban jugar mucho con ellos, a diferencia de mis hermanas mayores, con las que molestaban todo el día. Yo me quedaba en la casa, y mi lugar favorito para jugar era la ducha, podía durar horas con mis juguetes en el agua.
Del segundo Edificio, me acuerdo de mi primera piscina de plástico en el jardín, y de escuchar mucho al grupo “Boys to men”, porque a mi hermana mayor le encantaban. La navidad fue muy importante para mí porque ya había cumplido cuatro años, entonces disfrutaba más de toda esa fantasía. No viví mucho tiempo allí, pero alcancé a conocer a Joel y a Melissa, dos vecinos con los que jugaba a los polly pockets o a los power ranger, no importaba lo que fuera, con tal de pasar jugando juntos. A esa edad no supe lo que era jugar al escondido, ni un “rin rin corre corre”… Hasta que llegué a Cartagena!
Cartagena no es la ciudad en la que nací, pero es en la ciudad que crecí. En esta ciudad aprendí a leer, a jugar futbol, a patinar, teníamos una mansión embrujada en la esquina, y cuentos de miedo en el edificio, y es que éramos 22 niños de todas las edades en el edificio, muchas historias nos inventaban. Me gustó por primera vez un niño, y tuve mi primer admirador secreto en el mismo edificio, y no eran el mismo!! En Cartagena vi mi primer amanecer, aprendí a llorar con sentimiento, y a amar entregando mi corazón.
Yo sé que nací en Barranquilla, pero Cartagena está en mí ser.